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A Diego Alejandro: No pidas hijo mío que te siga


No pidas hijo mío que te siga

abrázame fuerte si quieres

llora por el juguete hermoso

que no puedo comprar.

Yo sabré distraerte

dándote un mediecito para golosinas.

Mécete en el columpio de mi barba

canta o ríe cuando vengas a la cárcel

hazme feliz con tu ternura

dulcita como un papelón

pero no pidas hijo mío que te siga.

Déjame la picardía de tus tres años

cuéntame de tu escuela

dime de tus hazañas de muchacho peleón

háblame calladito al oído

o grítame que eres grande

y no chiquito.

Empuña en tus manitas la guitarra

del preso cantor que tanto imitas.

Acuéstate en mis piernas

para hacerte cosquillas

de “aquí no se come carne”

pero no pidas hijo mío que te siga.

Tu padre es un guerrero de la historia

combate los gobiernos de los ricos

y por eso le siembran mil rejas en el pecho.

Tu padre quiere un jardín lleno de flores

donde todos los niños del mundo

jueguen contigo sin penas ni miserias

y por eso está preso.

Tu padre escribió un libro

y en él narró la fuga de sus compañeros.

Dijo también allí de las luchas

de un pueblo alzado, incontenible

y por eso cercaron con muros sus miradas.

Ven conmigo pequeño

la visita está por concluir

dame un besito dulce

como un caramelo

y ándate pronto con ella

que también quiere llevarme

pero no pidas hijo mío que te siga.

Ahora, entiende bien

lo que voy a decirte

Se encierran los cuerpos

pero no las ideas, la moral ni los sueños.

Tu padre no está preso

tu padre anda en los campos

y en las calles rebeldes.

Me duele no poder acompañarte

con los pasos

pero me iré contigo como todos los días

seguiré a vuestro lado como todas las noches.

Así, chiquitín de mi alma

no sufro por tu ausencia, no hay ausencias

pero no pidas hijo mío que te siga.

26/11/1976

Diego Salazar Luongo